jueves, 20 de marzo de 2014

El PINTOR Y SU MUSA

Su cintura estaba apretada contra la mesa
sus piernas apretadas contra la falda
y mis ojos recorriendo el meridiano.
Lo hubiera dado todo por no ser más que un perro
donde la sinceridad es salvaje
y el instinto gana a los complejos del hombre
por haberle bajado las bragas para presentarme.
Cómo me podría diferenciar de un chucho
si supiese que cuando la veo comer lo que sea
comería lo que sea que tiene en la boca.
Pagaría por encontrar las palabras exactas
para poder expresar de algún modo adulzado
que la besaría con la misma intensidad
con la que separaría su coño con la lengua.

Pero después de tantos meses aquí estoy
sentado y amartillando una cámara
mientras me deja verle las bragas a un par de metros de distancia.
Está masticando una naranja que realmente odia

por seguir el juego y vaya, hasta parece que la disfrute.
Igual, si me dejase lamer el zumo de sus dedos
me sentiría menos gilipollas por estar sentado en esta silla.
Ahora mismo me apretaría firmemente entre sus muslos
y le susurraría al odio que ya no quiero pintar más cuadros
que me quiero dedicar al hedonismo.
Estoy empezando a creer que esa sonrisa que muerde la naranja
no es más que un mensaje, un certificado de que lo sabe...
vaya si lo sabe...el doble uso que de ellas haré
durante las largas noches de pintura y desconsuelo.