martes, 15 de octubre de 2013

Gloria

...Y hombres cubiertos de sus propias heces
marchan por las carreteras desnudas,
mientras ellos lucen sus manos sin ganas.


Tras escribir esto decidió abandonar las teclas,
agarrar uno de los vasos y estallarlo contra su cabeza.
10 minutos después la sangre ya estaba del todo seca,
el ambiente no era húmedo
y su madre estaba convencida de que había parido a un imbécil.
Gloria recordó los días en que aquella máquina de escribir era útil,
cómo centelleaban las teclas bajo sus yemas y la falta de delicadeza en el mecanismo
que no tenía nada que ver con la delicadeza del poema.
Su hijo el imbécil quería seguir los pasos de la madre, aunque a su manera.
Era diestro en la palabrería y no se manejaba mal en ser pedante y estéril .
Qué revolucionario era para sus amigas de la facultad, con aquella jerga vulgar
que se entrelazaba con la arenga más culta y que les gustaba escuchar mientras lo exprimían.
Las referencias a clásicos y la revolución de la vagina formaban la nomenclatura
que afianzaba su moderna proclama y su satisfacción sexual .
En cambio Gloria era un caso aparte, no era imbécil.
Estaba completamente sobrada en desesperanza y mal gusto, provocaba con sus versos
erecciones, angustias y descreimientos.
Sentías a la ternura, al amor y al odio acompañando en silencio a aquello que no escribía.
Jamás habló de ella misma ni de nadie más, pero en aquellas palabras
cohabitaba todo el elenco de banalidades que constituye al hombre.
Ahora limpiaba sangre seca y retiraba con orgullo los pedacitos de vidrio,

siendo los grandes los más difíciles de extraer... qué poema.

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