jueves, 7 de febrero de 2013

La madre de Marcelo Aguafuerte (por Isaías Mamotreto)


un chasquido de vidrio bajo mis zapatos
eran inequívocas pistas de que Aguafuerte,
volvió a necesitar de mi mujer.
Nada de esto ya me preocupaba sino tanto
como el motivo sombrío que disimulaba con aquello.
Ella Tuberculosa, su hígado de buen paladar y
con ese aliento pesticida que daba los buenos días.
Se aprovechaba su gusto por la buena poesía
y a veces conseguía apreciar algo de Chopín.
Su cadera y jadeos, ya eran hace mucho
algo mórbido,cobrizo y vulgar.

La cara rojo-sanguina de mi mujer,
grababan no con menor optimismo que Doré,
la nota que con su barba mordiente, mi afligido amigo (sabiendo
que soy más de Goya que de Lorca) me quiso entregar.
"He estado aquí, te necesito"-ponía-.
Había algo que no alcanzaba a discernir,
calamidad o algún tipo de mutilación alquímica,
de esas que no vuelven a crecer y no hay por donde dar pespunte,
como ese bourbon derramado en la puerta,
que no volverá a llamear tras el cristal.

Su madre, aquellos senos que lo rociaron de calcio,
que nos demostró cuanto de verdad tiene el bourbon y
cuanta mentira los laberintos blancos de la esperanza.
La poética y romance que albergan las cartas de la baraja y
que con inteligencia y dos vasos de antiséptico uno podía:
defecar en la cama de un hospital, cagarse sobre
los pilares del conservacionimos, el mayor logro y el único
puro(o con intenciones) de esta sociedad.

Aquel símbolo, aquel último acto bucólico antes de azular,
era lo que atormentaba no sin razón a Aguafuerte.
Clara artimaña para demostrarnos a Marcelo y luego a mí

                                                      por cuanto nos aventajaba.