martes, 15 de octubre de 2013

Gloria

...Y hombres cubiertos de sus propias heces
marchan por las carreteras desnudas,
mientras ellos lucen sus manos sin ganas.


Tras escribir esto decidió abandonar las teclas,
agarrar uno de los vasos y estallarlo contra su cabeza.
10 minutos después la sangre ya estaba del todo seca,
el ambiente no era húmedo
y su madre estaba convencida de que había parido a un imbécil.
Gloria recordó los días en que aquella máquina de escribir era útil,
cómo centelleaban las teclas bajo sus yemas y la falta de delicadeza en el mecanismo
que no tenía nada que ver con la delicadeza del poema.
Su hijo el imbécil quería seguir los pasos de la madre, aunque a su manera.
Era diestro en la palabrería y no se manejaba mal en ser pedante y estéril .
Qué revolucionario era para sus amigas de la facultad, con aquella jerga vulgar
que se entrelazaba con la arenga más culta y que les gustaba escuchar mientras lo exprimían.
Las referencias a clásicos y la revolución de la vagina formaban la nomenclatura
que afianzaba su moderna proclama y su satisfacción sexual .
En cambio Gloria era un caso aparte, no era imbécil.
Estaba completamente sobrada en desesperanza y mal gusto, provocaba con sus versos
erecciones, angustias y descreimientos.
Sentías a la ternura, al amor y al odio acompañando en silencio a aquello que no escribía.
Jamás habló de ella misma ni de nadie más, pero en aquellas palabras
cohabitaba todo el elenco de banalidades que constituye al hombre.
Ahora limpiaba sangre seca y retiraba con orgullo los pedacitos de vidrio,

siendo los grandes los más difíciles de extraer... qué poema.

jueves, 7 de febrero de 2013

La madre de Marcelo Aguafuerte (por Isaías Mamotreto)


un chasquido de vidrio bajo mis zapatos
eran inequívocas pistas de que Aguafuerte,
volvió a necesitar de mi mujer.
Nada de esto ya me preocupaba sino tanto
como el motivo sombrío que disimulaba con aquello.
Ella Tuberculosa, su hígado de buen paladar y
con ese aliento pesticida que daba los buenos días.
Se aprovechaba su gusto por la buena poesía
y a veces conseguía apreciar algo de Chopín.
Su cadera y jadeos, ya eran hace mucho
algo mórbido,cobrizo y vulgar.

La cara rojo-sanguina de mi mujer,
grababan no con menor optimismo que Doré,
la nota que con su barba mordiente, mi afligido amigo (sabiendo
que soy más de Goya que de Lorca) me quiso entregar.
"He estado aquí, te necesito"-ponía-.
Había algo que no alcanzaba a discernir,
calamidad o algún tipo de mutilación alquímica,
de esas que no vuelven a crecer y no hay por donde dar pespunte,
como ese bourbon derramado en la puerta,
que no volverá a llamear tras el cristal.

Su madre, aquellos senos que lo rociaron de calcio,
que nos demostró cuanto de verdad tiene el bourbon y
cuanta mentira los laberintos blancos de la esperanza.
La poética y romance que albergan las cartas de la baraja y
que con inteligencia y dos vasos de antiséptico uno podía:
defecar en la cama de un hospital, cagarse sobre
los pilares del conservacionimos, el mayor logro y el único
puro(o con intenciones) de esta sociedad.

Aquel símbolo, aquel último acto bucólico antes de azular,
era lo que atormentaba no sin razón a Aguafuerte.
Clara artimaña para demostrarnos a Marcelo y luego a mí

                                                      por cuanto nos aventajaba.